Mi lista de blogs

sábado, 30 de abril de 2011

EL HOMBRE QUE NO QUISO NACER. ( Segunda y ultima entrega )


Cesar, así se llamaba, como el emperador romano, un tierno adolescente de dieciséis años, rubio, alto y delgado. A Víctor le trasmitía una aureola malvada y siniestra y  ese día descubrió que no se equivocaba.
Sostenía en su mano derecha un pajarillo vivo, con la izquierda,  poco a poco, con parsimonia cruel, le iba quitando su vestido natural. Una semisonrisa en sus labios y en ella el placer.

- Déjalo, déjalo, ¿ por qué le haces eso ?.
Ni si quiera le miro.
Cada pluma que le quitaba sentía su cuerpo estremecer.

- ¿No te gusta eh ?, pues entonces lárgate de aquí si no quieres que te haga lo mismo.
Se fue, no podía soportar aquello.  Ser niño, en ocasiones, puede llegar a ser una experiencia terrible. Es curioso como para dejar de ser niños, algunos tienen que dejar de sentirlo, dejan de serlo y se convierten en Cesares, los Cesares del mundo que siguen torturando el alma de los niños.

Cesar fue la primera persona por la cual también supo lo que era el odio y que podía sentirlo.



Al día siguiente la vida quiso mostrarle que también podía haber cosas enormemente hermosas . Un sábado por la mañana, de aquí para allá, nuca paraba quieto.
- ¿ Dónde esta el CineExin mama ? .
Se acordó de el y quería volver a ver aquellos dibujos de Piolin, Buss bunny y Speddy Gonzales, el ratón más rápido de México. Resultaba tan emocionante ver esas películas, que su padre, feliz de hacerlos felices lo preparara todo, cerrar las persianas del comedor dejándolo a oscuras, enchufar el aparato proyectándolo sobre la blanca pared lateral y ; tachan, el cine en tu casa, era algo realmente maravilloso. Pero su padre no estaba, su hermano tampoco y la pregunta a su madre había quedado suspendida en el vacío dada la ausencia también de esta.
La puerta de casa estaba abierta, habiendo controlado el horario de la olla, esa mañana tocaba cocido, su mama se iba a hablar con la vecina de al lado, la Rosario. Ambas puertas abiertas de par en par, y allí estaban las dos, distraídas y afines dándole al palique. 
- Mama, mama, ¿ dónde esta el CineExin ?, ¿ tú sabes ponerlo ?, ¿ dónde esta el papa ?.
Ni siquiera le escucho.
- Me he comprado un sujetador, es más bonito, ya veras, míralo.
Se quitó el jersey, con naturalidad puso sus brazos en la espalda para quitarse el que llevaba puesto.
- Espera, espera, que esta aquí el niño.
- Da igual, no pasa nada.
Con la boca abierta y los ojos más grandes que una lechuza, Víctor contemplo aquellas dos enormes glándulas mamarias, descomunales, le llegaban un poco nada más por encima del ombligo. Duras, perfectamente redondeadas como dos inmensas peras surgidas de Alicia en el pais de las maravillas.Nunca había visto unos pechos, nunca le dio por imaginar que pudieran ser tan grandes. Trastocada con abrumadora y placentera sorpresa su ingenua infancia, observo como se ponía la nueva prenda, sí, era bonita, pero más bonitas, hermosas y subyugantes le resultaron la visión de sus grandiosas tetas.

Si su subconsciente tenía que recordar a Cesar y su malsana naturaleza  en el futuro, aquel no iba a ser el día. Los buenos recuerdos tienen la compasiva virtud de flotar siempre en el inmenso mar de los malos.


Después de aquello no fue de extrañar cuando otro día la vecina llamó al timbre a la hora de cenar, la mesa preparada, todos menos su madre sentados viendo la televisión esperando llenar el estómago y ella servía la cena.
- Fani, ¿ te sobra una barra de pan ? , es que creía que tenía pero.....
- Claro mujer, ¿ que necesitas, una o un poco más ? .
- No, no, con una me sobra.
Víctor se levantara haciéndose el despistado y se metiera debajo de la mesa con la perversa intención de mirar debajo del vestido de la Rosario para verle las bragas.
Nadie dijo nada, seguramente los adultos se cruzarían miradas de complicidad, tal vez, con una forzada sonrisa, su padre orgulloso pensaría.
- jodido niño.
- Ojalá me deseara así mi marido.
Soñaría la Rosario.
Su madre no dijo nada, tampoco su hermano, el cual casi nuca hablaba ni mostraba a menudo emociones.
El caso es que con todas esas impresiones tuvo campo abierto durante largo tiempo, para su imaginación erótico masturbatoria.

                                                                         
La primera vez que casi se quita del medio más que un intento de suicidio fue una aventura apasionante , tan excitante como podía ser para una criatura de siete años el querer descubrir, ver, sentir todo lo que le rodeaba. Ese inmenso mundo desconocido que se le abría esplendoroso, sugestivo e implacablemente tentador, en sus sentidos puros y deseosos de niño con afán científico. Tal que un ser de otro sistema solar que aterrizaba en un nuevo planeta, excitado y abrumado por conocer todos sus secretos, forma de vida y entramado vital.


Pronto descubrió que en cualquier situación, conversación o lugar, había otro lado, otra perspectiva que esperaba acurrucada y escondida con eterna paciencia a que su natural curiosidad le impulsara al simple acto de descorrer una cortina, y allí, dichosa de haber sido descubierta, se le mostraba desnuda y en toda su plenitud. Unas veces de forma hermosa, y otras, las más, de manera desagradable y reveladoramente cruel. Descorriendo esas cortinas iba desvelando sus propias incógnitas, sus propios miedos y misterios haciéndole invariablemente feliz o infeliz
Su privilegiada posición en el club infantil del espionaje, del cual era el unico miembro, le había impulsado a subir a la gran y espaciosa terraza de su vivienda, saltando sin pensárselo al voladizo de la misma, este comunicaba las otras viviendas colindantes a izquierda y derecha,  no había nada que le impidiera avanzar hacía un lado u otro.

Y allí estaba, en la alargada repisa tras la cual se expandía poderoso el vacío del todo. Arriba el azulado cielo, enfrente el aire que parecía irreal y voluble, a unos quince metros otras viviendas y abajo la calle. Divisándola desde su cúspide desnuda la veía diminuta, indefensa y débil. No había barreras, cara a cara con la voluptuosidad y grandeza de la nada, fundiéndose su ser con la naturaleza de la existencia y la libertad despojada de cualquier atadura, deslizándose como un funambulista entre la linea que le separaba  de la vida y de la muerte.
Naturalmente no era consciente de que un pequeño traspiés podía hacer que se estampara con el duro suelo del asfalto, dejando reventado su pequeño cuerpo de niño, deslizándose macabra, grácilmente, la mancha de sangre circular que mancharía de rojo púrpura el gris alquitranado. Estaba demasiado extasiado de felicidad como para darse cuenta de ello, sonriendo de dicha se acercó de nuevo al filo, el vértigo era un juego, la altura una atracción, las personas que paseaban por la acera eran pequeños seres que parecían haberse escapado de una película de dibujos animados. Reconociendo a uno de esos personajes grito.
- Abuelo, abuelo.
El hombre miró primero a un lado y luego a otro, extrañándose de no encontrar el cuerpo de la voz.
- Abuelo, abueloooo, aquí arriba. Le volvió a gritar
Miro al fin hacía las nubes y lo vio.
- ¡ Qué haces ahí ?. veste de ahí, veste, veste que te vas a matar, sal de ahí leñe. Le grito muy enfadado.
No comprendiendo el porqué se había enojado tanto su abuelo, cabizbajo y algo entristecido por la regañina se retiró de la repisa y boto de nuevo a la terraza, a salvo de una más que probable caída que le hubiera costado su joven vida.
Horas después, ya con sus padres, estos comentaban que había vuelto a nacer.
- ¿ He vuelto a nacer ?, se dijo intrigado Víctor.
Al día siguiente en el colegio con sus dos amigos Rafa y Jesús, les pregunto.
- ¿ Cuantas veces habéis nacido vosotros ?.
- Una, como todo el mundo. dijeron los dos.
- Pues yo he nacido dos veces. y vosotros no.
Les vacilo con chulería innata e infantil.
                                                               
El sol se reflejaba en la cama, en la manta de cebra, sobre los pantalones de pijama, perfilando solo parte de los cajones de abajo del armario de su habitación, su agradable calor le había dejado en ese estado en el que ni estas en duerme vela ni dormido, más bien pareces estar como anestesiado y tu mente parece una máquina del tiempo descontrolada donde tus recuerdos van saltando de épocas a su antojo y sin orden.
La voz de Robert Mitchum, que se balanceaba sobre el ritmo alegre de un calypso, le volvió a la realidad después de haber estado viajando por los archivos mentales de su infancia, flotando sobre su recuerdo, reviviendo aquella escena, a Víctor le resulto irónico que para ser un hombre que no quiso nacer, aquel día volviera a nacer, pensó que así es la vida, te da a menudo lo que no pides.
Tumbado aun en la cama, su cuerpo desnudo como su alma, reflexionando sobre esto se quedó como en coma, la nada le miraba, todo lo sentía y su cerebro fue absorbido por datos y datos memorizados en el transcurso de su palpitar vital. Poco a poco se fue abandonando otra vez encontrándose de nuevo en una nube de somnolencia febril, volviendo escalón a escalón hacía las tinieblas, lugar sin vida de donde venía, que era y es su hogar.
O así lo creyó.
                                                                       FIN

martes, 19 de abril de 2011

LA VIDA DE OTRO. ( Primera entrega )



I

Eran aproximadamente las 23,45 de un miércoles cualquiera, un miércoles, un día, un hueco en el tiempo en el que mi mente estaba infectada de tristeza, frágil línea la del amor.
Con la suavidad del terciopelo y la cortante capacidad de una navaja afilada de deslizarse limpia e hiriente sobre la blanda piel, mi vieja amiga melancolía volvía a visitar mi vulnerable corazón, el cual, tantas veces mordisqueado, me recordó a un gato.
Un gato callejero gris, como el cielo que sobre mi cabeza amenazaba a lluvia.
Siete perros, callejeros a su vez, lo acorralaron:uno ladro y aquella jauría acudió como si entre ellos se entendieran.
Lo rodearon, uno avanzó y le propinó un mordisco, un segundo avanzó a su vez y le dio otro mordisco, un tercero hizo lo mismo, y un cuarto, y un quinto, y un sexto y finalmente, un séptimo.
Se acercaban, mordían y se apartaban para dejar paso a otro, y así, los siete, fueron alternándose , acercandose,  mordiendo y apartándose; arrancando a cada bocado un trozo de pelo del felino.
Al final el gato, despojado de su pelaje, a trasquilones y malherido consiguió escapar subiéndose a la fachada de una casa derruida, y allí, conservando a duras penas su dignidad, se mantuvo en pie mientras yo lo miraba entristecido y sintiendo un profundo odio hacia aquellos cobardes perros.
Las gentes que andaban por la calle se habían parado como yo a contemplar la escena, un crudo filme, sin butacas ni pantalla, cuyos actores y figurantes no serían nunca reconocidos.
Recordando aquella escena que mis ojos llenos de pureza infantil observaron en aquel momento pasado de mi vida, sentí que así estaba ahora mi corazón, como aquel gato, maltrecho y esquilado, pero aún vivo.
Pensando con convencimiento que algo oscuro, algo turbio tendría mi alma para que todos mis amores por un motivo u otro acabaran marchándose, como Ana lo había hecho recientemente, me pregunté que hacía mal si mi trato era siempre dulce y cariñoso.
Discerniendo sobre este pensamiento, abatido con impotencia, y tal vez por ello, distorsionando la realidad, unas gotas mojaron parcialmente mi cabeza y con levedad mi rostro.
Comenzaba a llover, por suerte mi casa estaba ya cerca y hacia allí me dirigí con una poco esforzada carrera.
Una vez hube llegado a mi hogar me despojé de mis ropas humedecidas y me di un relajado baño.
Después de una poco copiosa cena, abrí una botella de whiskey y tome un vaso, y otro, y otro...
Con la ebriedad bailando una danza ausente de jolgorio, más bien una salvaje ceremonia ritual vudú, mis demonios interiores pataleaban burlones, crueles e insolentes, sobre mi dolorida cabeza.

Repasaba mentalmente las palabras de Ana, resultándome absurdo infligirme esa auto tortura sin sentido, desvié  mis pensamientos a las tareas que me ocuparon gran parte de esa tarde.
Había estado en la ciudad para resolver unos asuntos importantes que podrían determinar, según mi decisión, mi futuro hacia un destino u otro.
Mirando de nuevo la botella, casi vacía ya, me rellené el vaso sin molestarme en poner otro par de cubitos de hielo.

Sorbiendo aquel brebaje ardiente y manipulador, confundido de mí mismo, embotado y borroso, pensé que las cuestiones que manejaba, mi futuro, el
amor, como mi propia vida,  carecían ahora por completo de importancia.
Es curioso, me dije a mí mismo, lo que a veces creemos importante es una vulgar nimiedad, una osada cobardía ante la esplendorosa manifestación de la verdad, una verdad luminosa, reveladora, única e incuestionable que con infinita, dulce, pura y elegante crueldad nos muestra nuestro verdadero yo y su sentido.
Verdad, traicionado concepto, extraña palabra, la cual es inmensa en su bondad.
Verdad es conciencia, conciencia es pureza de alma, pureza de alma es amor, amor es libertad y la libertad es nuestro fin.
 Y el mio fue que como pude me acosté en mi cama y me sumí, en mi sopor etílico, en un profundo sueño.
II
Avanzaba subido en una bicicleta sobre aquel asfalto que reconocía, era el asfalto de una avenida cercana a donde vivía.
En el centro se encontraba la avenida propiamente dicha, en la que se perdía de vista su largo paseo.
A ambos lados, dos vías por donde circulaban vehículos y al lado de éstas, dos amplias aceras por donde solían deambular personas en sus quehaceres diarios. Pero ahora no había nada, ni coches ni personas, sólo desolación, vacío y un absoluto silencio.
Pedaleaba con rapidez, como si tuviera que llegar urgentemente a algún sitio, mientras lo hacia, observaba la vacía ciudad que parecía haber sido abandonada a su suerte a causa de una terrible catástrofe.
La luz, mortecina en su brillar, era tenue e inquietantemente misteriosa.
La alargada cuesta que se empinaba no hacía descender mi apretado ritmo, un desconocido poder físico me velaba, a pesar de mi continuo ejercicio, no notaba cansancio alguno.
En un tramo de mi recorrido tuve que hacer acopio de mis reflejos y esquivar con rapidez partes del asfalto que estaban arrancados de forma irregular, a punto estuve de perder el equilibrio con aquellos huecos en los que unos hierbajos habían crecido de la nada. Allí donde no podía haber vida, había nacido.
LLegué al final de aquella pendiente pero donde recordaba que el camino seguía, ahora no lo había: grandes trozos de piedra alquitranada cubiertos de verdoso musgo y vegetación me impedían el paso.
Surgida de la nada, escuché una voz que, burlándose de mí con sorna, me decía:
- Oh, te has quedado sin camino.
- ¿Qué vas a hacer?.
- Ya no tienes camino, pobre. Ahora, ¿qué harás?
No intenté descubrir quién era la causante de aquellos comentarios, ya que supe sin saberlo que era la propia ciudad la que me hablaba.
Era ella que, como un ente con vida propia me observaba y me retenía en su grandeza.


Aquellas palabras me provocaron desprecio y rabia, infundándome a la vez, mezclados en una contradictoria pócima, miedo y valor al mismo tiempo.
Con esa amalgama de sentimientos, dejé caer la bicicleta al suelo con tal brusquedad que hizo rodar la rueda trasera, observando su girar, de repente, como surgido a través de una puerta interdimensional, volatilizado literalmente sin conciencia de ello, aparecido brutalmente con sobredosis de ella, me encontré en un lugar que no me resultaba desconocido.
Esto me llevó directamente a preguntarme dónde estaba, visualizándome y reconociéndome, comprendí con esa incomprensible naturalidad, cuando te sabes en ellos,  que estaba en uno de mis sueños.
La  sorpresa inicial no me produjo miedo alguno, supe sin ninguna duda que era yo y que estaba soñando, eso hizo que me tranquilizara y, consciente de saber donde estaba, me dejé llevar.
Inspeccionando aquel sitio con una lenta y temerosa mirada, reafirmé mi percepción de haber estado ya alli en algún momento,  aunque no tenia capacidad para recordarlo, sólo sentía que aquellas callejuelas con aire de antigüedad las había rastreado ya mi mirar.
Pensé que en realidad nuestros ojos no ven y es nuestra mente la que lo hace, reflejando un holograma visual de nuestros propios deseos y anhelos, como si la materia, ni nada que viéramos existiera en realidad y fuera nuestro cerebro el que los pone allí.
Una misma escena exenta del todo y que cada individuo llena con su alma, siendo todas diferentes y al mismo tiempo, iguales.
Con una incontrolable desesperación, corría por aquellas calles adoquinadas en siglos pasados.

En las terrazas de los bares, las gentes bullían en contertulios que no podía escuchar.
Corría y corría, sin saber a ciencia cierta a dónde iba, teniendo la única sensación de que tenía que escapar.

Comprobé, casi sin sorpresa, que en realidad no estaba corriendo, ya que mis pies no pisaban el suelo, me deslizaba sin tocarlo a unos dos palmos por encima de él.
Levitando entré en un pequeño establecimiento comercial, a mi derecha, unas enormes estanterías de madera albergaban toda clase de singulares juguetes, antigüedades y objetos varios.
Uno de estos últimos llamó mi atención y lo cogí.
Era una figura invisible y por ello sin forma alguna y, aunque sabía que estaba allí, mis ojos no podían verla. Parecía que  sujetara un trozo de aire, de materia inexistente, que mi tacto podía sentir.
Aquella pieza tenía algo de mágico, según mi deseo se materializaba en aquello que quería. En una increíble transformación múltiple vi que sostenía una máquina de escribir, una nave espacial para uso y disfrute de un niño fantasioso, una caja de madera con vistosos y alegres detalles tallados a mano, una piedra triangular de cobalto azul, una amatista dentellada y un pergamino.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para dejar mi mente en blanco y, de esa forma, conseguí de  nuevo, aparentemente, no tener nada entre mis manos.
Me acerqué al mostrador, detrás de él, un hombre de unos cincuenta años de rasgos asiáticos me miraba sonriendo desde sus pequeños ojos, parapetados detrás de unas grandes gafas de pasta color negro.
A su derecha, otra estantería igual en forma y tamaño que la otra, alojaba lo que parecían botes de comida.
Cortaba carne en una clásica máquina de filetear fiambres, pero el producto final,  era una mezcla de vísceras y tripas que, por intuición, supe que eran humanas.
Le pregunté, llevando ya entre mis dedos un billete de cincuenta, cuánto costaba mi adquisición. Sin dejar de sonreír, me dijo que allí el dinero no tenía valor, que podía llevármelo sin más.
Una ráfaga de pureza y limpieza se deslizó con frescura sanadora por mi pecho al oír estas palabras, notando al unísono, como mi cuerpo se transformaba paulatinamente, casi de forma imperceptible, en un denso humo que, volatilizándose, desapareció, haciéndolo yo con él.
III

Como si mi yo interior dejara de existir, escapándose a través de un agujero interestelar, otra vez, como tantas otras veces, mi percepción, en apariencia, dejaba de estar activa.
La nada ocupa de nuevo todo, en todo momento.
Un vacío no exento del saber que existo.


¿Qué leyes del universo dictaminan que mi vida sea así?
¿Por qué unas veces puedo materializar la intensidad y grandeza de algo tangible visualmente y otras me sumo en un letargo de oscuridad?.
Desde la profundidad de mi mente, me pregunto porqué mis emociones son volubles y se mueven siempre al compás que marca el cosmos.
¿Por qué a veces siento que mi vida no me pertenece y es otro el que la vive?.

Fin de la primera entrega.

LA VIDA DE OTRO. ( Segunda y ultima entrega ) .



IV
Abrí los ojos con esa pesadez y aturdimiento que te produce el despertar, miré el techo de mi habitación, pensando en el sueño que acaba de tener.
En esos instantes, la soledad, el silencio y la propia noche te hacen sentir como si fueras el único ser vivo sobre el planeta, la existencia misma se reduce a ti y un agradable bienestar embarga el latir de tu ser.
El reloj despertador marcaba las 4,15 de la madrugada, aún podía descansar varias horas más.
Intente hacerlo pero, desvelado, ya no pude.
Encendí un cigarrillo y seguí absorto en mis pensamientos.
De forma salvaje como ella misma, Ana volvía a ellos.

A pesar de su rechazo, la amaba.
Algo que se escapaba de lo mundano y que no conseguía comprender por el propio sin sentido del hecho, me impedía no hacerlo.
No oponía resistencia a este sentimiento como siempre había hecho, ni sentía odio hacía mí mismo, como también, siempre, había hecho.
Al contrario del dolor del desamor, una paz interior liberadora lo copaba todo, reconfortando mi alma.
Notándola en mi pecho, tuve, ya no sé si imagine, la sensación de que éste se salía de mi cuerpo.
Al poco, sin darme apenas cuenta, me dormí..
V


Con un alivio que me llenó de una alegría indescriptible, con una dicha que se expandió desde lo más hondo de mí mismo, volvía esa transmutación que bien sabía era  que podía volver a tener la oportunidad de ocupar un cuerpo físico, y disfrutar con ello de la luz y los colores, del movimiento y la materia.

VI
Subía las escaleras de un pasaje que a su vez era un puente de forma curvada y servía también de descansillo de una casa.
Al pasar por la puerta, ésta se abrió y tres personas salieron. Tuve la sapiencia de que no percibían mi existencia.
Observándolos, ninguno de los tres me resultó familiar o conocido, dejándolos atrás, bajé por la otra parte de la escalera que daba a lo que parecía una discoteca, entré en ella.
Era amplia y de forma circular, la música estaba a alto volumen como correspondía a este tipo de lugares.
Unos diez muchachos bailaban, estaban todos en grupo, deduciendo de ello que al menos algún vínculo existía entre ellos,  reían y se veía que se estaban divirtiendo.
Aparte de ellos, la estancia estaba completamente vacía, una iluminación en penumbra no me impedía distinguir un suelo bastante enguarrado y sucio.
Vasos de plástico vacíos, colillas y grandes manchas de líquidos resecos me indicaron que la sala no tardaría en cerrar.
Abandonándola, salí a un espacio al aire libre que tenía un solar de suelo duro y empedrado, en cuyo lateral izquierdo y en el centro,  varias plazas de aparcamiento, cubiertas con una madera envejecida y doblada en su curtidez,  estaban vacías.
Una vieja escalera situada a la derecha y que carecía de barandilla, me invitaba a subir por ella.
Al llegar a lo alto de la misma, mirando el vacío bajo mis pies, me senté y quite mi calzado de ellos,
Al efectuar este acto que no entendí, como si hubiera activado un resorte, varias escenas se desarrollaron ante mí a gran velocidad y de forma caótica, sobrepasando mi capacidad de visualización y perdiendo totalmente el control sobre ellas.
Un agobiante deseo de querer salir de mi sueño me invadió pero comprobé, con terror desolador, que no podía hacerlo.

Aceptar este hecho brutal fue paralelo a comprender que en la vida real teníamos que morir.
¿Qué era la realidad entonces?, preguntó mi ser interno con profunda ironía, desde mi pensamiento onírico.
Este lugar era tan real como la propia realidad que conocemos en el mundo de los vivos.
Aquí también estaba vivo, reía, lloraba, me alegraba, me entristecía, pensaba, sufría, veía.
¿Dónde estaba la diferencia entonces?
¿Era este un mundo paralelo al nuestro en el que la vida realmente existía?.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, supe que era así y que aquella estancia era una abertura hacía el otro lado y que yo estaba en este otro: atrapado.
Y el miedo, hábil embaucador cuya profundidad, en cuyo interior no ahí nada cuando tienes el valor de atravesarlo, me agarro con sus falsas zarpas y se incrustó como un virus en el centro de mi alma.
Volví a subir los peldaños de aquella escalera buscando mis zapatillas, si aquel lugar era una puerta; mi calzado era la llave.
Una intuición más allá de lo natural no me dejó lugar a dudas. Desesperado y asustado, con una ansiedad incontrolable, corrí a buscarlas.
Entré de nuevo en la discoteca, a pesar de que la música seguía sonando, los muchachos ya no bailaban, rodeaban, mirándolo, a uno de ellos. Tumbado en el suelo, encogido e inerte, no se movía.
Uno le pegó dos pequeñas patadas, no daba sensación de vida alguna, parecía estar muerto.
Aquellos chicos en vez de alarmarse, preocuparse o entristecerse; se alegraron vitoreando a gritos que aquel chaval tumbado hubiera perecido.
Lo hicieron con un entusiasmo que me llenó de pavor, sus rostros eran de una felicidad extrema mezclada con envidia, pero no era una envidia malsana, sino de alegría por su suerte.
Era tal vez posible... No podía ser, lo que acaba de pensar ya no me hizo sentir pavor, sino horror, un espanto inimaginable, un pánico que sobrepasaba el propio pánico.
Aquel muchacho había muerto mientras dormía, la muerte dulce. Y uno de estos infraseres que habitan en este submundo paralelo, su alter ego, había conseguido, por fin y por siempre, su cuerpo físico.
No hacía falta que pusiera en orden mi capacidad intelectual y de razonamiento lógico, aquí las sensaciones son hechos rotundos.
En este lugar la verdad es irrefutable.
Huí, huí de nuevo.
Salí al solar, buscando el vestir de mis pies, iba en ello, mi propio yo.
Buscaba y buscaba y no los encontraba, no los veía.
Las lágrimas querían pero no podían salir.
Me imaginé en mi cama removiéndome nervioso, gritando en voz alta.
-QUIERO SALIR DE AQUIIIIÍ.
-QUIERO SALIR DE AQUIIIIÍ.

Vivía solo, ¿quién me iba a escuchar?.
Se salieron de mis orbitas los ojos, al lado de los aparcamientos, en una pequeña montaña de arena que separaba las plazas de los coches, amontonados, pares y pares de zapatos, botas, deportivas...
No sé si deslizándome, corriendo o difuminándome, llegué a aquel montón en cuestión de segundos. Rebuscando en él, encontré mis zapatillas, o las que creí mías, por mi espalda apareció un chico y arrebatándomelas, sin brusquedad, alegrándose y sonriendo dijo:
- Ya las tengo.
Y como un globo lleno de helio, se elevó hacia el cielo, desapareciendo.
Había conseguido irse.
¿Qué llevaba yo entonces?
Maldiciendo mi memoria, la esperanza clavaba la desazón en mi tristeza.
Una chica joven, con un vestido de fiesta blanco bordado con encantadores detalles, pasó por mi lado saltando y riendo tal que una niña juguetona.
- ¿Qué buscas?
- Mis zapatillas, si no, no puedo salir.
Con esa infantilidad con la que había venido, se marchó hacía el fondo del solar, el oscuro, me hizo perderla de vista, reencontrándome yo con mi impotencia.
A los pocos segundos apareció, su rostro era oscuridad y negrura, no tenía rasgos ni piel, sólo unos ojos brillantes que, resaltando inquietante viveza, me hicieron temblar. Una sonrisa blanca e inmaculada igual de estremecedora y en sus manos unos botines, que reconocí como míos.
Los cogí, mis sentidos se hicieron luz brillante y desaparecí.

VII
Una claridad excesiva me hizo cerrar de golpe mis pupilas, poco a poco se fueron adaptando a esta nueva iluminación.
Cuando ya pude ver, ojeé aquella estancia, todo me resultaba excepcional y un desconocido dolor físico me arremetía, pero todo aquello no me importó.
Por fin, al final, lo había conseguido.
Ya tenía la vida de otro.
 FIN                             

sábado, 5 de febrero de 2011

EL INTRUSO


Era aproximadamente la una de la madrugada, el día pasado me había resultado ampliamente fatigoso por la cantidad de actividades no deseadas que tuve que realizar.
Y solo era en ese momento, tumbado a oscuras en mi habitación, cuando conseguía ofrecer un poco de reposo a mi cansado cuerpo.
Me encontraba en ese especial estado que produce el abandono de la mente al silencio de la noche, en el cual múltiples confusas imágenes, algunas de ellas de belleza extraordinaria, ocupaban mi relajado y distraído meditar.

En algún momento que no recuerdo con exactitud, en ese maremágnum de escenas que se sucedían anárquicamente, surgió una que logró interesarme más de lo común. En ella visualizaba a un sujeto que, situado en una terraza, efectuaba disparos con un fusil. Lo hacía sobre unos pajarillos, estos reventaban como infantiles globos al fuerte impacto de las balas, se despedazaban en amasijos de carne que, estrellados contra el suelo del asfalto, formaban una extraña y grotesca imagen desde la posición del sujeto que disparaba contra ellos.
Su puntería era efectiva al cien por cien, de nada les servía a los pajarillos dispersarse, ya que la velocidad con que disparaba, eliminaba el recorrido de su escapada.
Intenté centrarme y observar con mayor claridad el rostro de aquel personaje, no podía ser, era el mío propio mostrándoseme ahora en un sarcástico primer plano. Gradualmente, fue ocupando todos los huecos de mi imaginación hasta ocuparla en su totalidad, sentí entonces mis sienes fuertemente contraídas con dolorosa presión, apreté la mandíbula y mis rasgos se deformaron en una mueca de dolor.
Resultaba inverosímil, pero parecía como si aquel ser hubiera adquirido vida propia y estuviera ahora introducido, literal, física y de forma tangible en mi cabeza. Sí, conseguí visualizarlo, sentirlo, era una réplica de mí mismo solo que con un tamaño de seis o siete centímetros, se encontraba justo en la cavidad donde tenemos situada la frente, dentro de ella, entremezclado en mi masa cerebral, abriéndose paso entre ella. Temblaron mis manos, mi cuerpo y caí de la cama estrellándome contra el suelo.
Retorciéndome como si tuviera un ataque de epilepsia, le escuchaba jadear, gritar, seguramente sintiéndose extrañado e incrédulo de encontrarse allí, empezó a efectuar disparos con su fusil. Aquellos impactos lograron perforar la estructura ósea de mi frente abriendo pequeños orificios sobre su superficie, de ellos brotaban hilillos de sangre que se deslizaban suavemente por mi rostro. Me levanté con brusquedad del suelo mientras mi corazón parecía galopar, una fuerte sensación de terror e incredulidad se apoderó de mí; y totalmente anonadado, perplejo, me pregunté, ¿qué me está pasando?

Desesperado por escapar de su prisión, aquel intruso que creí meramente producto de mi imaginación, imbuido por el miedo que se apoderó de él, sabiéndose consciente en su pequeño cerebro de su situación, comenzó a golpear con la culata de su fusil la pared que lo separaba del exterior.
Por mí parte empecé a patalear, a pegar incontrolables manotazos en el aire. Me levanté y agarré fuertemente mi cabeza, era tan insoportable el sufrimiento, que inconscientemente estiraba de ella con la intención de arrancármela de cuajo.
Aterrorizado, perturbado, sentí como mi frente se resquebrajaba, era imposible, aquello no podía ser cierto, con brusquedad acabó por separar algunos trozos que le obstaculizaban su salida; y allí estaba, deslizándose con cuidado de no caer, por la superficie montañosa de mi cara. Se colocó en la punta de mi nariz con la clara intención de saltar hacía mi barbilla, fue entonces cuando se me ocurrió una maquiavélica idea al comprobar que estaba dispuesto a hacerlo. Valeroso lo hizo, cayo de pie, pero en mala posición y se tambaleó para finalmente caer sobre mi labio inferior.
Fue entonces cuando con mi lengua lo arrastré hasta mi boca, fue solo un segundo, pero no olvidaré su cara de espanto antes de apretar los dientes con todas mis fuerzas y acabar con su vida.
II
Había amanecido, al despertarme no recordaba absolutamente nada, me miré en el espejo, mi aspecto era impecable, desayuné y me marché a mi trabajo diario.
Cuando volví a casa a mediodía puse en marcha, después de haberlo rebobinado, mi nuevo y flamante reproductor visual de sueños, de esta manera, pude ver lo que acabo de relatar,  preguntándome intrigado porqué soñaría que estaba metido vivo dentro de mi propio cerebro en un ser igual que yo, pero de tamaño gigantesco.
                                                                         FIN


Publicado en el año 1999 en  la revista literaria,  El vendedor de pararrayos. (Barcelona)

jueves, 13 de enero de 2011

FIN

I 
  Con un golpe corto y seco, una mano presionó mi hombro izquierdo, al instante desperté con la confusa sensación de que aquello no era posible.
Nadie excepto yo mismo ocupaba aquella vivienda.
Sin embargo, había notado el tacto de aquella mano y me pareció real, absurdamente real.
Por unos momentos tuve la impresión de estar narcotizado por una droga de quirófano y, posteriormente, me sobrevino una sensación de ahogo tan desagradable, que la existencia misma parecía escaparse a través de mis pulmones, como si la misma mano que me había golpeado se hubiera introducido en mi boca, y estirando, hubiera sacado toda mi estructura esquelética.
A medida que mi respiración se iba normalizando, no dejaba de sentir que me habían robado todos mis recuerdos. Todavía a oscuras, mi situación se me antojaba, a la vez que anormal, ridícula. A pesar de ello, mirando hacía atrás en mi mente, me era imposible visualizar ninguna imagen vivida en el pasado.
Parecía sencillamente que hubiera nacido en el mismo momento que había despertado.
Pero sabía que no era así, tenía una vida y unos recuerdos que, aparentemente, ahora no tenía.
Con cierta mezcla de humor y orgullo, me vanaglorié de mi capacidad para crear irreales fantasías pero,  al contrario de lo que esperaba, aquella agradable sensación se fue tornando en desagradable, al percatarme, con gran sorpresa, que al intentar recordar alguna situación pasada, algún detalle que aliviara mi confusión, lo único que conseguía, era visualizar una  escena de la cual no guardaba ningún vivido recuerdo.
En ella subía por una escalera indicado por una joven de pelo rizado, rojizo y largo, ésta se encontraba al final de la misma, luciendo un impecable vestido de terciopelo negro.
La escalera, de largos peldaños, estaba decorada con una hermosa alfombra de color azul eléctrico, haciendo juego con el plateado de su posa manos.

Una vez hube llegado arriba, pude comprobar y disfrutar de la belleza de aquella joven.
Una belleza salvaje de rasgos tímidos, no exentos de cierto toque de perversión, mostrándome una dulce sonrisa, acompañada de una seductora mirada, sin mediar palabra alguna, me condujo por un largo pasillo, hacía una de las dos puertas que se encontraban al final del mismo.
Y allí, ella misma abrió una de las puertas. Y regalándome otra bella sonrisa, me invitó a entrar, diciéndome_
- Pase Sr. David, le estábamos esperando.
Con lo cual cerró la puerta tras de mí, descubriendo una sobrecogedora escena, que me heló la sangre.
La habitación estaba repleta de criaturas azuladas que, extendiendo sus brazos hacía mí, lloraban desconsoladamente con una estremecedora amargura y dolor.
Sólo sus cabezas y sus brazos se distinguían, queriendo salir de la pared donde estaban atrapadas, formas humanas azuladas como el cielo, y desgarradas por el miedo.
Escuché de nuevo a aquella joven, gritando con malicia
- PASE SR. DAVID, LE ESTÁBAMOS ESPERANDO.
Acabando su tenebrosa invitación con una repulsiva y burlona carcajada.
Inmediatamente, traté de salir de allí, resultándome imposible.
Su voz fue perdiéndose en la lejanía, con la misma facilidad que la imagen que tenía ante mí, desapareció.
No alcanzando a comprender aquellas imágenes, me dispuse a dar por terminada aquella íntima sesión de fantasía gratuita, busqué el interruptor de la luz de mi habitación, pero por más que trataba de encontrarlo, no daba con él. Traté entonces de hacerme con la pequeña linterna, que normalmente suelo guardar debajo de mi almohada, pero tanto la almohada como la linterna habían desaparecido, no estaban. Esto me lleno de una especial inquietud, buscando al caprichoso azar del tacto en la oscuridad, encontré lo que parecían las paredes circulares de una cápsula, en la cual parecía estar encerrado.
Mi habitación no era mi habitación.

Entonces, ¿dónde estaba?
Mientras me preguntaba estas cuestiones, una potente luz cegó mis ojos.
Una vez pude ver con claridad mi entorno, estaba tumbado en una tabla de madera, al contrario de lo que suele ocurrir con este material, resultaba extraordinariamente cómoda. La cápsula era un cilindro circular  colocado de forma vertical, cuyas aberturas de entrada y salida estaban desprovistas de cualquier escotilla, permaneciendo abiertas al exterior, provocando mi estupefacción, al no verme expulsado hacia la inmensa oscuridad que observaba bajo mis pies.
Dada la transparencia del cilindro, podía distinguir la estancia donde me encontraba, estaba compuesta por enormes formas hexagonales , cuadradas y triangulares, por la situación en la que estaban ubicadas, daba la impresión de hacer el papel de muebles de decoración.
El resto de la estancia estaba formada por grandes paredes negras, cuya altura me era imposible determinar, pues parecían infinitas, separadas una de otra por lo que me pareció una enorme longitud.
No era ajeno a la anormalidad y peculiaridad de mi experiencia y por ello traté de disfrutarla con el mayor de los placeres, pero ni tuve tiempo, ni el placer fue tal.
Sin capacidad real de asimilarlo, el cilindro desapareció en una milésima de segundo, quedándome suspendido en el vacío.
Una fuerza superior a mí me absorbió, impulsándome con violencia hacia delante. Mis huesos encabezados por mi rostro, chocaron con brutalidad contra un enorme cristal transparente y el horror se plasmó en cada uno de mis gestos y expresiones.
Llorando de tristeza e incredulidad, comencé a golpear aquella maldita superficie, desesperado traté de arañarla, consiguiendo con ello hacer sangrar mis dedos. Entre desgarrados gritos de impotencia, jadeos y balbuceos, inútilmente grité.
- NOOOOOOOOOO, NOOOOOOOOOO. ESCUCHADME, SOY REAL, SOY REAL.
Mis suplicas se ahogaban en mis lágrimas con esa impotencia devastadora de saber que nada podía hacer, y nada podía hacer, mientras observaba al numeroso publico presente, en la sala A de los cines Arrabal.
Aquel público insensible que, cómodamente sentado en sus butacas, se recreaba con divertimento de mi sufrimiento. Algunos de ellos comenzaban a abandonar la sala, al ver aparecer una palabra que ocultaba la agonía de mi mirada perdida.
Fin, era esa palabra.
La oscuridad de nuevo me envolvió y con ella la esperanza de pensar, que hubiera sido sólo una pesadilla.
Pensarlo me produjo un gran alivio, pero de nuevo la luz reapareció y con ella otra vez el terror, ya que me encontraba entre aquellos niños azulados, ahora era uno de ellos, llorando desconsoladamente, con amargura y dolor, extendiendo mis brazos temblorosos hacia el sorprendido, confuso y asustado hombre que, encerrado en aquella habitación, nos observaba sobrecogido mientras escuchaba a la joven pelirroja gritando con malicia.
- PASE SR. MIGUEL, LE ESTÁBAMOS ESPERANDO.

FIN      
                      
Publicado en el año 1999 en  la revista literaria,  El vendedor de pararrayos. (Barcelona)